Lo primero que haremos es coger las hojas y proceder a desinfectarlas. Para ello usaremos agua de buena calidad a la que añadiremos unas gotitas de cloro o lejía (de uso alimentario), procediendo a lavar las hojas en dicha agua frotándolas y eliminando cualquier resto de impureza.

Una vez lavadas las secaremos muy bien, para ello utilizaremos  un paño, eliminando cualquier resto de humedad para evitar que esta pueda generar mohos. A continuación para su secado extenderemos las hojas en un lugar seco sin exponerlas al sol. El periodo para su secado va en función de la temperatura, pudiendo estar comprendido entre 10 días a 1 mes y medio, pero es importante que estén totalmente secas.

Con las hojas ya secas. Cogeremos un rallador y procederemos a rallar las hojas con el fin de obtener la  menor partícula posible de hoja. El motivo por el cual es importante rallar las hojas es con la finalidad de que se disuelva la mayor cantidad de sustancia, cuando procedamos a realizar la infusión sin necesidad de elevar el agua a una temperatura excesivamente alta , dado que si se hierve el agua se realizaría un  proceso de evaporación, que sin duda reduciría las propiedades que obtengamos.